
Bogotá, 7 de enero de 2026
Casa de Nariño
El presidente Petrosky está a punto de salir a discursar ante la multitud congregada en la Plaza de Bolívar, que protesta contra lo que considera una nueva agresión de Estados Unidos a la soberanía de Venezuela tras la captura de Maburro. Ajusta el nudo de la corbata, repasa mentalmente algunas frases sobre dignidad latinoamericana y autodeterminación de los pueblos, cuando un funcionario irrumpe con urgencia.
—Señor presidente… está en la línea el presidente Trump.
Petrosky palidece.
El discurso puede esperar.
The White House. Washington D. C.
Donald Trump atiende la llamada recostado en su silla, con los pies sobre el escritorio del Salón Oval. Mastica chicle con aire satisfecho.
—Hello, hello… Jaguarcito —dice sin esperar respuesta—. ¿Ya se te pasó el dolor de estómago o sigues con el Lomotil? Ja, ja.
Hace una pausa breve, calculada.
—It’s a great honor hablar con el presidente de Columbia.
Petrosky respira hondo.
—Gran patrón del mundo libre —responde con solemnidad forzada—. Llamo para saludarlo… y también para aclarar algunos malentendidos sacados de contexto histórico, geopolítico y simbólico.

Trump sonríe.
—Ah… ok. Very ok.
Se inclina hacia el teléfono.
—¿Viste lo que le pasó a tu amigo Maburro? Ahora usa pijama naranja. Very fashionable.
Todo por decirme “pelucón” y eso de “venga por mí, cobarde”. No funcionó muy bien.
Silencio al otro lado de la línea.
—Y luego te escucho a ti diciendo: “no me amenace, aquí lo espero”.
Trump suelta una risa corta.
—You sound very parecido, Jaguarcito.
Petrosky traga saliva.
—No, no, mi señor… eso fue una metáfora política mal interpretada. Yo solo intentaba expresar resistencia simbólica desde el discurso emancipador de los pueblos del sur global. Usted es el águila; yo apenas un humilde jaguar amazónico en proceso de aprendizaje.
—Good —responde Trump—. Porque te lo voy a decir simple, sin anestesia. Tú escucha a Marco Rubio. He’s a nice guy.
Se acomoda en la silla.
—Si no… te mando una visita diplomática muy especial. Very special.
Pausa.
—Y ahora que no tienes mucha defensa alrededor de tu palacio… bueno… things happen.
Petrosky asiente, aunque Trump no puede verlo. Aprieta los labios.
—Entendido, mi señor. I’m sorry. Dime qué hago.
Ver para creer cómo funciona la política. Mientras la fanaticada petrista espera a su providencial líder galáctico, convencida de que se avecina otro discurso histórico contra el imperio, Petrosky hace lo que todo estadista moderno aprende tarde o temprano: pide cacao y sella un entendimiento tácito con The Patron.
La multitud corea consignas.
El teléfono sigue abierto.
—Bueno, Jaguarcito —retoma Trump, ahora con tono casi pedagógico—. Tú pórtate bien si no quieres visitar Disneyland, versión federal. Como Maburro.
Petrosky guarda silencio.
—Él ya habló. He talked a lot. Dice que tú recibiste quince mil millones del Cartel de la Luna. Very big number. Very bad cartel.
Trump carraspea.
—Eso lo tiene el FBI, la CIA… y la DEA también quiere jugar. Ya sabes cómo son. Muy entusiastas.
Petrosky abre la boca, pero Trump no le da espacio.
—If they want, they can armarte un indictment. Nothing personal. Just business.
Silencio en la Casa de Nariño.
En la Plaza de Bolívar alguien pregunta por qué el presidente se demora tanto.
Trump vuelve al ataque, ahora con una cordialidad que en su diccionario equivale a una advertencia.
—Yo te invitar a visitar The White House. We talk. Calmadamente.
Se inclina hacia el teléfono.
—Pero no vayas a traer a Beneditto… a ese sí le echamos el guante. Ja, ja.
No suelta aún.
—Tú venir el dos de febrero, a ver si la vieja Mello te hace un milagro y no te quedas en la guandoca. Ja, ja.
Otra pausa.
—Y no traer café. I don’t like cosas blancas. Tú lo endulzas mucho.
Trump ya está cómodo.
—Y dime una cosa más, Jaguarcito.
Petrosky cierra los ojos.
—¿Quién viene de primera dama? ¿La bailadora… o la transformadora? Para avisarle a Mela cómo debe recibirla: ¿con porro o champeta?
Sonríe.
—I like champeta. Much more energy.
Remata:
—Ah, y no vengas con botas de páramo ni con esa guayabera fea. If you dress like that, I no receive you.
Pausa teatral.
—Recuerda: I am the Patron.
Sonríe.
—Like Uribe. Ja, ja.
La llamada parece terminar.
Petrosky habla rápido, casi atropellado.
—Ok, patrón… entendido. Yo voy a visitarte a la Casa Blanca. Arregla mi visa. Yo portarme bien, como Delcy Rodríguez. Dame otra oportunidad. Perdón… please, perdón.
Trump ríe.
—Ja, ja… así me gustar.
Breve pausa.
—Te vienes y hablamos. Te canto la tabla, calmado.
Endurece la voz apenas un segundo.
—Abre bien el ojo con el pelucón. No jugar. Yo cumplir palabra.
—Thank you, patrón… thank you —murmura Petrosky.
La llamada finaliza:
En la Plaza de Bolívar, la multitud estalla en aplausos cuando el presidente aparece al balcón, con un discurso cambiado según lo hablado con el patrón.
En Washington, Trump ríe con Marco Rubio, Pam Bondi y Pete Hegseth
—Tai puyao —dice—. Se comió el cuento. Apenas baje del avión… pónganle las esposas.






