
Tal vez deba apartarme, aunque sea por un instante, de esas extenuantes batallas donde los proyectiles son palabras vacías y las trincheras se cavan en el fango pastoso de las redes sociales. La mayor parte del tiempo soy un observador silencioso captando el sentir —más o menos— general, tratando de apartar la voz humana de la voz algorítmica.
A diario escuchamos en las plazas, en los centros comerciales, y en los pasillos refrigerados de la burocracia, discusiones de una grandilocuencia excelsa. Vemos ciudadanos —del común y del no tanto— discutiendo con una fluidez verbal envidiable sobre el destino de la nación, agitando postulados ideológicos como si fueran banderas en un estadio de fútbol. La verdad hoy es fácil construir postulados, solo es mezclar ingredientes básicos que embolaten a mi interlocutor. Sin embargo, bajo esa capa de ruido, bajo ese batido conceptual y filosófico que a menudo nos deja estupefactos, subyace un silencio más peligroso: el de la resignación activa, el del cálculo frío de la supervivencia.
Los viejos decían con una sabiduría que ningún doctorado en ciencia política otorga: ¡hecha la ley, hecha la trampa! Y es que ningún sistema, por más cimentado que esté en inmaculados pilares de justicia social o en la más pulcra teoría constitucional, prevé la infinita capacidad de la corrupción humana. No existe ni existirá norma alguna que controle la bestia desbocada de nuestra propia naturaleza cuando el hambre —de pan, de seguridad o de poder— aprieta el cuello.
Hoy, América Latina no está simplemente cansada. El diagnóstico de la fatiga democrática, tan en boga en los informes recientes de Latinobarómetro, que nos hablan de una recesión democrática, donde al ciudadano le da lo mismo quién gobierne mientras resuelva, se queda corto. Nos dicen que el cuerpo social está fatigado, listo para el reposo o la indiferencia. Pero lo que mis ojos de ingeniero ven no es un sistema inerte por falta de energía. Lo que veo es un organismo en convulsión, un sistema complejo que ha entrado en una fase termodinámica que me atrevería a denominar volatilidad adaptativa.
El espejismo del bienestar y la cultura del acortismo
Pensemos en los flujos migratorios, ese espejo en el que nadie quiere mirarse. Cuando el latinoamericano emigra, muestra una astucia antropológica fascinante: el acortismo. Buscamos acortar caminos, encontrar el vacío en la norma social del país desarrollado y meternos por ahí. Vemos la grieta en el sistema y la aprovechamos. Ese acortismo choca violentamente con los valores de sociedades donde la conducta sistemática se transmite de generación en generación, donde la fila se respeta y el semáforo en rojo es una orden, no una sugerencia.
Pero, tras un tortuoso camino de acoplamiento conductual, nos adaptamos. ¿Por qué? Porque el sistema funciona. Porque nos da un nivel de bienestar tal que nos abre la mirada y el raciocinio, cuestionándonos nuestros lugares de origen. El migrante venezolano que huye del control del Carnet de la Patria no busca ideología, busca pan. Se adapta al sistema que mejor le da de comer.
Sin embargo, en nuestros países de origen, ese bienestar es una quimera. Los puertos tranquilos de la teoría social no existen aquí. Y ante la ausencia de bienestar, la adaptación toma una forma siniestra. No nos adaptamos a la norma, nos adaptamos a la inestabilidad.

La volatilidad adaptativa es la respuesta de un electorado que ha descubierto que la paciencia institucional es un suicidio lento. Si en la física de los sistemas complejos la adaptabilidad es la capacidad de un sistema para ajustar su comportamiento ante un entorno cambiante, en nuestra política, el votante se ha convertido en un agente del caos racional. No está cansado; está desesperado por sobrevivir y está dispuesto a probar cualquier atajo que prometa resultados inmediatos. No es que no tenga ideología política, es que la necesidad de adaptación le hace virar hacia el palo que mejor le da sombra. El pragmatismo nos ha enseñado que la impunidad se esconde en sistemas jurídicos ineficientes.
De Milei a Bukele: la racionalidad del abismo
Miremos hacia el sur, hacia la tierra del tango y ahora del libertarismo furioso. En Argentina, la irrupción de Javier Milei no es una mera anomalía estadística ni un simple voto revancha irracional. Es un acto de supervivencia biológica y financiera. El ciudadano argentino, asfixiado por una inflación que devora su futuro y harto de una casta política que ha hecho del Estado un mecanismo de extracción parasitaria, decidió saltar al vacío.
No es que confíen ciegamente en los postulados de la Escuela Austriaca; es que la volatilidad extrema se percibe más segura que la certeza de la decadencia peronista. Han decidido que, si el sistema los está matando, mejor dinamitar el sistema. Como cantaría el Cuarteto de Nos, con esa ironía rioplatense que tanto duele: “No me interpreten mal, solo estoy sobreviviendo”. Es una apuesta de todo o nada, una adaptación radical ante un entorno que no ofrece garantías.
Ahora miremos hacia Centroamérica. Nayib Bukele ha desmantelado la separación de poderes, ese fetiche de los liberales clásicos que, seamos honestos, nunca protegió al salvadoreño de a pie de la extorsión de las maras ni garantizó su vida. La academia internacional grita “¡autoritarismo!”, “¡inconstitucionalidad!”. Pero el pueblo responde con índices de aprobación que rozan el 90%. ¿Es ignorancia? No, señores. Es volatilidad adaptativa pura y dura.
El sistema democrático tradicional ofrecía libertad teórica y muerte real. El nuevo sistema ofrece seguridad real y libertad restringida. El organismo social, ante la necesidad de sobrevivir, se adapta y elige la seguridad. Solo nos importa que la cosa funcione. Hemos llegado al punto donde la democracia procedimental es un lujo que no podemos costear; la seguridad es una necesidad básica insatisfecha. Lo anterior se refleja tanto en modelos reformistas de la democracia como en diseños totalmente disruptivos de sistemas políticos alternativos.
La paradoja colombiana y el péndulo roto
En nuestra propia casa, en Colombia, el fenómeno de Gustavo Petro obedece a la misma lógica, pero en una fase distinta del ciclo metabólico de este proceso. Su llegada al poder fue el resultado de un estallido social y una demanda de cambio estructural, un grito de que la desigualdad ya no se toleraba. Pero la gestión ha chocado con la realidad tecnocrática, los escándalos y los propios demonios de una izquierda que a veces parece más enamorada de sus discursos que de sus ejecuciones.
La desaprobación que hoy oscila peligrosamente, cayendo desde aquel esperanzador 50% inicial hasta cifras que rondan el 34% o 37%, no es solo decepción. Es la preparación para el siguiente salto volátil. El péndulo, que antes tardaba décadas en moverse, ahora oscila con la violencia de un látigo. La fatiga aquí se transforma en impaciencia. Si el cambio no llega ya, buscaremos otro atajo, otro salvador, otro outsider, sea de derecha, de izquierda o de Marte.

El costo oculto de la adaptación
El peligro radica en que esta volatilidad no es gratuita. Nada es gratis en la vida, y mucho menos en la política. Al igual que con la Inteligencia Artificial, donde entregamos nuestra privacidad, nuestros rostros y hasta el iris de nuestros ojos a cambio de aplicaciones gratuitas y filtros divertidos, en la política estamos entregando nuestros derechos civiles, nuestra privacidad y nuestra estabilidad institucional a cambio de promesas de orden inmediato o de venganza contra las élites.
Estamos frente al paso de una democracia deliberativa a una democracia de algoritmo, donde el líder hackea nuestras emociones —el miedo, la ira, la esperanza— creando patrones predecibles de volatilidad. En México, la desinformación campa a sus anchas, convirtiendo la elección en un campo de batalla de realidades paralelas, donde el ciudadano se adapta creyendo lo que le confirma sus sesgos, porque la verdad es demasiado costosa de buscar.
La pregunta incómoda
Los postulados y teorías sociales son puertos tranquilos, pero la realidad es una profundidad turbulenta donde habitan monstruos. La teoría de la volatilidad adaptativa nos sugiere que hemos renunciado a reformar el sistema desde dentro, con paciencia y ladrillo a ladrillo. Hemos decidido que es más fácil, más acortista, dinamitarlo cada cuatro años, o entregarle las llaves a un mesías armado, que hacer el trabajo tedioso, aburrido y largo de construir ciudadanía.
¿Podemos hacer que funcione de otra manera? ¿Podremos anteponer el interés colectivo frente al interés particular cuando el instinto de supervivencia nos grita que busquemos el atajo, la trampa, la salida rápida? ¿O será este concepto de volatilidad solo un asunto interesante del que hay que reflexionar comunitariamente en columnas de opinión, pero que pospondremos indefinidamente porque hay asuntos más importantes —como sobrevivir al día de hoy— que tratar?
La bestia desbocada de la corrupción humana sigue ahí, agazapada, esperando a que bajemos la guardia, sea bajo la bandera de la libertad libertaria, de la seguridad bukelista o del cambio histórico. Y mientras tanto, seguimos flotando en nuestra propia Space Oddity, mirando cómo el mundo cambia, escuchando difuminarse desde la torre de control un auténtico SOS de un terrícola en apuros, mientras nos preguntamos si hay vida inteligente en las urnas, porque aquí en la Tierra, la democracia parece estar perdiendo el aliento en su carrera por adaptarse a lo invivible.






