Edicion noviembre 30, 2025
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La Histórica Crisis del Agua en Riohacha: Durante y Después de su Poblamiento

La Histórica Crisis del Agua en Riohacha: Durante y Después de su Poblamiento
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Un transitar por los caminos del ayer hasta llegar al Riohacha de hoy, sobre su sentida problemática del agua.

Columnista - Marcos Antonio Barros Pinedo
Columnista – Marcos Antonio Barros Pinedo

La hidalga ciudad de Riohacha, cuna del Gran Almirante José Prudencio Padilla y una de las ciudades más antiguas de América, desde el punto de vista de su desarrollo humano, social y empresarial, ha tenido muchas dificultades con la problemática de algo tan esencial para la vida como lo es el agua.

Al transcurrir el tiempo y a medida que la ciudad avanzaba en su crecimiento, esta falencia se fue acrecentando.

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La escasez del agua en Riohacha se muestra desde el mismo momento histórico de su fundación, hecho que en un principio se le atribuyó al conquistador alemán Nicolás de Federmann y, posteriormente, a los perleros de la isla de Cubagua (Venezuela).

La historia de Riohacha como conglomerado social ha estado signada desde sus más remotos orígenes por la búsqueda incesante del agua, a tal punto que los empresarios perleros de Cubagua, que fueron sus primeros pobladores en un sitio cercano al Cabo de La Vela, debían arriesgarse para tomar un poco de agua de los jagüeyes, por la hostilidad de los indios guajiros que no les permitían tomar el preciado líquido, aun así corriendo el riesgo de ser asesinados por los aborígenes.

Ante esta situación, y al agotarse los yacimientos perlíferos, los oriundos de Cubagua tomaron la decisión de no fundar una ciudad cerca al Cabo de La Vela y optaron por hacerlo con Riohacha. Eso fue en el año 1495.

Muy a pesar de que Riohacha quedó ubicada cerca a la desembocadura del río Ranchería en el mar Caribe, sus primeros habitantes comenzaron una odisea para conseguir agua potable, ya que la de ese río era totalmente turbia y no apta para el consumo humano.

Riohacha comenzó a crecer con esta dificultad de orden social.

Pasaron muchos años para que el Gobierno Nacional se interesara en la construcción de un sistema de acueducto teniendo como fuente el agua del río Tapias, algo que no se atrevió a hacer ningún Gobierno Regional o Local, si se tiene en cuenta que ya la ciudad de Riohacha pertenecía al departamento del Magdalena.

Es así como el Congreso de la República aprobó la Ley 21 del 22 de octubre de 1924, mediante la cual se provee el saneamiento del puerto de Riohacha, para que el Gobierno Nacional procediera a construir un sistema de acueducto.

Posteriormente nacieron otras iniciativas en los años 1927 y 1939, bajo los Gobiernos de Miguel Abadía Méndez y Pedro Nel Ospina. Los resultados no fueron ampliamente satisfactorios. Con un nuevo sistema de acueducto en el año de 1939, les llegaba un poco de agua a los habitantes de las calles céntricas.

También en 1944 se firmó un contrato para el suministro de agua para Riohacha, departamento del Magdalena, entre la firma Loboguerrero–Santa María y el Ministerio del Trabajo y Prosperidad Social, con buenos resultados, a tal punto que para la presión del agua no se necesitaba de motobombas, debido a que también se instaló un tanque de aluminio en la carrera seis con calle 12 ‘A’. Este tanque elevado fue inaugurado en el año 1956, y con el tiempo se deterioró y un alcalde, de manera desacertada, en vez de recuperarlo, lo que hizo fue ordenar desmontarlo.

Lo cierto es que, ante tantas penurias por parte del pueblo riohachero, sus autoridades se esmeraron por buscar fuentes hídricas y tuvieron éxitos al lograr perforar tres pozos que todavía están ubicados a la salida a la ciudad de Maicao, muy cerca de donde está ubicado el Batallón Cartagena, en una zona conocida como ‘Caballance’, y hubo la necesidad de sembrar una tubería desde ese lugar para llevar el agua al tanque de aluminio mencionado anteriormente y desde allí se repartía a varias viviendas de la ciudad que apenas llegaba hasta la calle doce con carrera siete.

Recordemos que nos encontrábamos en el Gobierno del general Gustavo Rojas Pinilla, que había creado la Intendencia Nacional de La Guajira, con capital Riohacha, mediante Decreto 1824 del 13 de junio de 1954, segregándola del departamento del Magdalena.

Por iniciativa de este Gobierno dictatorial, la ciudad de Riohacha emprendió su crecimiento. Se construyeron un buen número de casas, y de allí nació el barrio ‘Jorge E. Villamizar Flórez’, en homenaje a quien para el momento era coronel del Ejército Nacional y ejercía el cargo de intendente Nacional de La Guajira.

A decir verdad, los tres pozos de “Caballance”, ante el crecimiento de la ciudad, resultaron insuficientes para el suministro de agua a los habitantes de Riohacha de esa época.

La crisis por la falta de agua en algunos sectores de la ciudad era evidente, lo que dio origen a un problema grave de orden social, ya que no había agua para bajar los escasos sanitarios en las casas que los tenían, si se tiene en cuenta que la mayoría de las viviendas tenían los llamados “bacinetes” o “excusados” en sus patios y sin tapiado de ninguna naturaleza. Y con el complemento de las pozas sépticas.

El pueblo se movilizaba en gran escala en busca del agua.

Quien hace esta crónica recuerda que el pueblo de Riohacha, las madres y sus hijos mayores, ante la falta de agua en sus casas de los barrios Arriba y Abajo, no les quedaba otro camino que trasladarse a pie a ‘Las Piezas’, un brazo del río Ranchería, ubicado a la salida a la ciudad de Maicao y por donde hoy está construida la urbanización de Comfaguajira, no solamente para proveerse de agua para el consumo humano, sino también para otros usos en las casas.

Como algo dramático, el agua era almacenada en barriles grandes y luego, casi que en caravana, la trasladaban al centro de la ciudad, jalados por los niños y adultos, usando cáñamos largos.

Estos niños y adultos hacían el papel de tracción humana y así llevaban el agua desde “Las Piezas” hasta sus casas en unos barriles que en esa época eran construidos por Manuel Antonio Frías, “Tata” Frías.

En realidad, estos barriles eran para el procesamiento del ron conocido como ‘Chirrinchi’, pero estos terminaron prestando un gran servicio a las madres riohacheras de esa época, quienes también se ponían en la cabeza un llamado “lío” de ropas, que llevaban para lavarlas semanalmente en “Las Piezas” y regresar a sus casas en un recorrido de más de cuatro kilómetros, bajo un sol calcinante.

También señalemos que los mencionados barriles de la época de los años cincuenta se convirtieron en algo increíble. Porque las mujeres de la época, en las horas de la madrugada, sentían el ruido de los barriles y escuchaban las voces de quienes los arrastraban, muy a pesar de que la mayoría de las casas del centro no estaban pavimentadas. Lo sorprendente es que cuando esas mujeres abrían las puertas para ver si en realidad a esa hora había gente arrastrando los barriles, se llevaban la sorpresa de que no veían absolutamente nada y el ruido de los barriles y las voces dejaban de escucharse. Entonces fue cuando esas mismas mujeres, haciendo la señal de la cruz, rezando el credo religioso y evocando a Dios, se preguntaban: ¿Será que son los barriles del otro mundo? Y esta frase se regó en el pueblo y dio motivo para que mucha gente no se levantara muy temprano para sus quehaceres cotidianos por el físico miedo a los “barriles del otro mundo”.

Es importante señalar que poco a poco la ciudad crecía, y comenzando la década de los años sesenta, el agua seguía siendo un problema para los habitantes de Riohacha.

Pero siempre hay algo que aflora en beneficio de los más necesitados, y en ese tiempo un señor conocido como Serveleón Deluque tenía un carro con una carrocería grande, y era distinguido porque le puso el nombre de “La Guacandaca”.

Con ese vehículo se ganaba el sustento diario para su familia, pero Serveleón tenía un buen corazón, y antes de realizar su trabajo de acarrear arena y hacer mudanzas, cada madrugada iba a los pozos de “Caballance” con varios tanques de lata, los llenaba de agua y salía para el centro de la ciudad a regalar el preciado líquido a las familias más necesitadas.

Aprovechaba que los tres pozos de “Caballance” eran operados a través de una motobomba y una planta eléctrica, y le era fácil llenar los tanques de la manera más rápida posible. Claro, con el visto bueno del gobierno municipal de la época.

Es de señalar que, muy a pesar de la actitud humanitaria de Serveleón Deluque en su carro “Guacandaca”, un buen número de familias se quedaban sin agua, y tenían que acudir al llamado ‘Pozo de Tasio’, propiedad de José Anastasio Lubo, ubicado cerca al estadio ‘Federico Serrano Soto’.

Otros se desplazaban al “Ojo de Agua”, ubicado cerca al Aeropuerto “Almirante José Prudencio Padilla”; este pertenecía a Sinforoso Toro.

Y no debemos dejar de pasar por inadvertido el hecho de que sacerdotes capuchinos italianos, recién llegados a nuestra ciudad en reemplazo de los sacerdotes españoles, tenían un pozo en el interior de la capilla ubicada frente al parque “Nicolás de Federmann”, y regalaban el agua a varias familias del barrio Arriba.

Es de anotar que para la época existían los barrios Arriba, Abajo y luego el “Jorge E. Villamizar Flórez”.

Aunque mis lectores no lo creerán, la problemática del agua era tan difícil en la ciudad de Riohacha que esa misma problemática se dividía en dos etapas:

La primera, en época de verano, cuando las mujeres y los hombres tenían que ir a buscar el agua a las “Piezas”, a tres kilómetros de la ciudad, y traerla a sus casas con barriles.

Segundo, cuando las mujeres lavaban su ropa en el mismo sitio mencionado y luego traerla a sus casas con las poncheras en sus cabezas.

Tercero, cuando en alguna oportunidad de los años cincuenta se presentó un incendio en el patio de la casa de la señora Genoveva Ospino, marcada con el número tal de la calle 10, conocida como la calle del Carmen, explotaron tres tanques que estaban llenos de gasolina y las llamas lograron quemar en un alto porcentaje el cuerpo del señor “Concha” Aguilar, que casi pierde la vida. Lo más grave de la situación es que en ese momento no había agua ni en la casa donde se presentó el incendio y menos en las casas vecinas. Lo que dio motivo para que cundiera el pánico, y un niño llamado Alfredo Brito Vence, nieto de la señora Brito, corrió hacia la Catedral Nuestra Señora de los Remedios para pedirle al cura párroco italiano Tarcisio de Ripacorbaria que ordenara a alguien para que sonara las campanas de la manera más fuerte para alertar al pueblo del grave incendio que estaba consumiendo una casa y el fuego se podía propagar hacia las demás viviendas. Y el objetivo de sonar las campanas era que la gente se diera cuenta del incendio y pudiera llevar agua para sofocarlo. Pero ni eso se logró porque no había agua en la mayoría de las casas. Eran casi la una de la tarde. Y para sorpresa de mis lectores, el fuego logró sofocarse con la ayuda de la gente que, en canecas, cogían la arena de la calle que no estaba pavimentada hasta que el fuego cesó, no por la acción del agua, sino por la acción de la arena. Y no hubo pérdidas de vidas humanas.

La segunda etapa se presentaba en época de invierno, cuando:

Primero, los torrenciales aguaceros contribuían a que el río Ranchería, que desemboca en el mar Caribe de Riohacha, aumentara su caudal y, de esa manera, la llamada boca se abría, y era cuando entonces las mujeres y hombres no se iban para Las Piezas a bañarse y a lavar sus ropas, sino que lo hacían en las aguas del Riito, que se desbordaban hasta los manglares. Y en la sombra y con un clima sabroso, hasta cocinaban y almorzaban en medio del paso de miles de cangrejos.

Segundo, en época de invierno los pozos de “Tasio”, el ‘Ojo de Agua’ y uno que quedaba donde hoy está ubicada la sede de la Registraduría Especial del Estado Civil, se llenaban de agua. Y en alguna oportunidad el niño Agustín Melo Guerrero, viendo la realidad de que en su casa de la calle del Carmen el agua era como el “oro” y para no gastarla al tomar un baño, se fue a bañar al pozo mencionado últimamente y con tan mala suerte que, al lanzarse al agua, su cuerpo tomó fondo y se enterró en el barro. Cuando un compañero, que no logró lanzarse al agua, llamado Dario Locarno, se dio cuenta de la difícil situación de “Tin”, lo quiso rescatar y salvar, pero ya estaba muerto.

Agustín Melo Guerrero era hijo de Segundo Melo y Juana Paulina Guerrero.

Tercero, en una oportunidad la historia casi se repite cuando mi hermano Adolfo Barros Pinedo, también para evitar el gasto de agua en su casa de la calle 9 número 6-21, se fue a bañar al pozo conocido como el Ojo de Agua, en compañía de su buen amigo Roberto Guillott Ríos. Adolfo se tiró al pozo y estaba profundo y comenzó a tener dificultades, se estaba ahogando. Pero, para fortuna de Adolfo Barros Pinedo, su buen amigo Roberto Guillott Ríos lo rescató y le salvó la vida.

Tercero, en la época de invierno los habitantes de Riohacha se proveían de agua no de Las Piezas, sino del Riito. Esto le permitía al señor Serveleón Deluque poder descansar en el sentido de que, por cierto tiempo, con su carro La Guacandaca, no iba a los tres pozos de Caballance a llenar tanques con agua para regalársela a un buen número de familias riohacheras.

Concluyo esta crónica cuando, precisamente, hago un recorrido por la historia de las graves dificultades que sufrieron los habitantes de Riohacha de los años cuarenta, cincuenta y sesenta para poder lograr una “gota” de agua, como decían las importantes matronas de la época. Esa “gota” de agua que en algún momento ni siquiera apareció para apagar un incendio que por poco le cuesta la vida a Concha Aguilar.

Riohacha ha crecido de manera impresionante y tiene la categoría de Distrito Especial y Turístico, con una población que supera los 300 mil habitantes. Y cuenta con un gobierno encabezado por el médico Genaro Redondo Choles, que en pleno siglo XXI trabaja con mano firme para resolver la milenaria problemática del agua potable y verdaderamente apta para el consumo humano.

El tiempo no se detiene. Por tal motivo, el agua hace parte de la historia de la ciudad de Riohacha, se reitera, una de las más antiguas de América.

¡Y… pare de contar!

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