
Los colombianos nos levantamos diariamente con la fe y la esperanza de vivir en un mejor país. Soñamos conque atrás quede la nación del narcoterrorismo y la corrupción, la narcodemocracia, el paramilitarismo, la polarización, la violencia y hasta la muerte. Muchos dirán que sigo pensando en cosas que no dejarán de ser por los siglos de los siglos. En Colombia sobreabundan los territorios manchados de sangre y sin control del estado donde la pobreza en todas sus manifestaciones es el menú y el pan de cada día. Territorios sembrados de coca que han convertido nuestro hermoso país con más de 330.000 hectáreas sembradas en un refugio de ciudadanos sin libertad y sin orden, contrario a lo que señala nuestro escudo patrio como símbolo nacional.
No cesa la horrible noche, al derramarse de nuevo las auroras y al despertar con una tasa de café caliente como todo buen colombiano. Escuchamos el sordo mugir del ganado y el canto de las aves silvestres, junto al campesino labrador, pero al enterarnos por la prensa hablada y escrita del diario acontecer, la crónica roja y la violencia ocupa los principales titulares, en un país donde la vida y la dignidad humana se desvalorizó como una moneda de cambio. Junto con los avances tecnológicos, la telefonía móvil celular, la cibernética, las redes sociales y nuestras comunidades provincianas conectadas, solo recogemos un país más violento, más polarizado y más rebelde, y sin afecto natural por el prójimo, y que nos bloquea la movilidad. Colombia se debate entre los escándalos del insulto, la desmoralización, la pérdida de valores y las buenas costumbres junto con la ambición desmedida por el dinero y el poder, que termina en corrupción y narcotráfico.
Este país es como una pesadilla que nos va revelando en cada amanecer un nuevo capítulo que no da esperanzas de vida para nuestras familias. Un país tan rico y biodiverso pero que la mentalidad devastadora del hombre arrasó con la propia naturaleza y hoy recogemos como respuesta de esa actitud inconsciente el calentamiento global y la acción climática que refleja nuestros suelos desertificados e improductivos. Colombia requiere otra visión de país y un nuevo modelo de desarrollo nacional que movilice las fuerzas vivas y el aparato productivo. Las áreas de protección para la producción alimentaria es un buen punto de partida para la seguridad alimentaria y nutricional volteando la mirada hacia el campo para poner a parir la tierra.

El desarrollo territorial alrededor del agua, es otra iniciativa que conlleva también a la conservación de la biodiversidad, el recurso hídrico y los suelos. Igualmente, también es cierto que debemos ir lenta y gradualmente descarbonizando el país para ingresar a la era de la transición energética justa en la búsqueda de un país más viable fiscal y financieramente y con soberanía tributaria y fiscal. Del mismo modo, debe implementarse en nuestras regiones el ordenamiento social de la propiedad rural y urbana y el catastro multipropósito hasta volver auto sostenibles a nuestros municipios. Así mismo, debe emprenderse una revolucionaria y pertinente modificación al sistema general de regalías, no para repartirlas en la tostada nacional, sino en aquellos territorios golpeados por el conflicto armado y que pusieron los muertos y esperan la reivindicación del estado colombiano con proyectos de inversión pertinentes, viables y rentables socialmente por diez años más.
Colombia debe mirar a sus regiones y gobernarse desde las regiones hasta descentralizar el aparato estatal y salir del páramo de las papas para integrar a todo el país para que unas regiones no vivan como islas, apartadas del modelo de desarrollo nacional. Tener dos océanos y tres cordilleras, la extensa selva amazónica y uno de los países más biodiversos de América, multiétnico y multicultural, debe ser el mayor desafío para quienes gobiernan y aspiran gobernarlo. Su riqueza en el extenso litoral de sus océanos para la explotación de hidrogeno e hidrocarburo y la millonaria industria off shore, también nos dan cuenta de la privilegiada posición geoestratégica de Colombia. Por todo necesitamos unos nuevos modelos de gestión parlamentarias desde las regiones, con representantes que mejoren la capacidad de interlocución de sus regiones con la nación.
Con la angustia y la tribulación que hoy vivimos los colombianos como yo, que aún no vemos una luz al final del túnel y que soñamos con un país mejor para que vivan nuestros hijos y nietos escribí esta columna de opinión. Convencido que otro país es posible, donde quepamos todos con nuestras diferencias y coincidencias.






