
En su libro “Tierra Baldía”, Robert D. Kaplan describe un mundo donde la anarquía no es la excepción, sino el modus vivendi. Estados fallidos, élites corruptas e instituciones convertidas en decorado de teatro abandonado. Pues bien, querido lector y lectora, si Kaplan hubiera nacido en Ciénaga de Oro o en Zipaquirá en vez de en Nueva York, no habría tenido que viajar a Somalia ni a Haití para escribir su ensayo: le habría bastado con asistir a cualquier sesión del Congreso en pleno debate de la reforma a la salud… o a la justicia… o a la reforma de la reforma.
Porque aquí en Colombia, la crisis no es un acontecimiento; es un hábito. No hay gobierno que no inicie con promesas mesiánicas y termine en un pantano donde hasta los ministros olvidan cuál es su cartera —literal y metafóricamente. La política nacional, en su versión más reciente, parece escrita por Beckett tras una sobredosis de tinto y clientelismo: “Esperando al Estado”, una obra en la que todos los personajes hablan de futuro mientras desmonta el presente con la precisión de un niño con un martillo y la Constitución de 1991 como clavo.
Kaplan temía un mundo donde la historia no avanzara, sino que se deshilachara. En Colombia vivimos en una Tierra Baldía. Pero no la de Kaplan, sino la versión tropicalizada. Petro, con la mejor de sus intenciones —y ahí reside la tragedia— ha logrado que la política colombiana entre en una especie de vórtice temporal: reformas que se discuten como si fueran primeras, aunque ya hayan sido enterradas dos veces; ministros que llegan con discurso de cruzada ética y se van con denuncias bajo el brazo; y una oposición que, en vez de oponerse, se dedica a filmar reels desde las tribunas del Congreso, como si la fiscalización fuera un reto viral.

Lo más kafkiano de esta era petrista es que la crisis ya no es un síntoma de colapso, sino la propia estructura del poder. Funciona gracias al desorden, no a pesar de él. Cada escándalo alimenta el discurso de víctima; cada revés legislativo se convierte en prueba de que “el sistema” conspira; y cada fracaso, en gesta revolucionaria. Así, la Tierra Baldía de Kaplan se transforma en una selva retórica donde lo único que crece sin riego es la retórica del desastre.
Y es que, en esta era dorada del absurdo político, el presidente Petro no gobierna: narrativiza. Cada escándalo, cada derrota legislativa, cada fuga de capitales o cada alza del dólar no son errores de gestión, sino episodios de una épica en construcción, donde el pueblo es el héroe trágico y el presidente, su aedo incansable. ¿El sistema judicial bloquea una reforma? “Es la oligarquía defendiendo sus privilegios”. ¿Los mercados se inquietan? “Son los especuladores del imperio”.
Así pues, señor Kaplan, si vuelve a escribir sobre mundos al borde del abismo, no mire hacia África ni hacia el Medio Oriente. Venga al país de la belleza, donde el caos no es contingencia, sino constitución; donde la esperanza no se construye, sino que se decretiza; y donde el presidente, con la elocuencia de un profeta y la planificación de un pescador de río, sigue prometiendo el paraíso mientras el país se cuece lentamente en su propio jugo burocrático. Porque aquí, en esta Tierra Baldía tropical, la crisis no es el final del cuento. Es el argumento. Y, por desgracia para todos, parece que aún no llegamos al último capítulo.






