Edicion marzo 1, 2026
La Guajira no es un paisaje
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Columnista - Gonzalo Raúl Gómez Soto
Columnista – Gonzalo Raúl Gómez Soto

A primera vista, La Guajira parece un paisaje lleno de vida. Fascinantes dunas, cactus que resisten al sol como guerreros del desierto, montañas de sal que contrastan con el cielo azul y el suelo rojizo del desierto, mares de agua cristalina y variedad de colores. Un territorio de belleza indomable, de una cultura que rebrota ante la certeza del olvido; la tierra donde comienza Colombia, pero pareciera que termina. Hasta la belleza siempre esconde contradicciones que sangran profundo al entrar en contacto con el suelo.

Porque desde el suelo, La Guajira sangra en silencio. Esta tierra, que debería simbolizar dignidad y abundancia, es testimonio de un abandono estructural que duele. Aquí, más del 65 % de la población vive en pobreza monetaria[1], el 42,9 % en pobreza multidimensional[2], y la desnutrición ha cobrado la vida de más de 600 niños en la última década[3]. Casi la mitad de los hogares carece de agua y saneamiento adecuados[4], y una de cada dos familias sufre inseguridad alimentaria grave[5]. Estas cifras gritan: aquí se rompió la promesa de país. La vida vale menos, la esperanza llega tarde, y los derechos no siempre llegan. La Guajira no es un paisaje: es una herida abierta en el corazón de Colombia.

Sin embargo, ante tal realidad, esta columna no nace desde la política partidista ni busca señalar personas. Nace desde la filosofía como ejercicio de pensamiento y como espacio de reflexión pública. Es una invitación a mirar nuestra tierra con más razón, verdad y dignidad.

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La misma tierra que sangra en silencio tiene también el potencial de ser bienestar para todos. La Guajira no solo ofrece paisajes. Atesora recursos y saberes que cualquier nación querría proteger. Sus desiertos concentran los vientos más constantes del país y una radiación solar excepcional. Los valles del río Ranchería y las estribaciones de la Serranía del Perijá conservan suelos fértiles aptos para frutales, hortalizas y ganadería sostenible. La Sierra Nevada —en gran parte guajira— actúa como fábrica de agua para el norte del país. Hay sal, gas natural, yacimientos de cobre aun sin desarrollar y carbón. A ello se suman pesca artesanal, artesanía exquisita, música, saberes ancestrales y una gastronomía única.  

Con voluntad real y buena planificación, La Guajira tiene todo para convertirse en faro de una nueva Colombia. Podría ser punta de lanza en la transición energética, motor de un agro variado y sostenible, y ejemplo de un turismo que respeta la vida y las culturas. En sus 60 años como departamento, este territorio nos lanza una pregunta: ¿por qué no construir desde aquí un país distinto? Soñemos con una universidad que forme ingenieros de energías limpias comprometidos con su gente; con un corredor cultural que una Riohacha, Nazareth y Valledupar al ritmo del canto wayuu, wiwa, kogui, arhuaco y vallenato; con un ecoturismo que dé empleo digno sin arrasar los paisajes que guarda.

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Pero para construir este futuro, primero debemos reconocer y transformar la forma en que miramos a La Guajira. El problema no es solo lo que falta, sino cómo la pensamos. Durante décadas hemos visto este territorio como periferia y no como centro de proyecto de país. Acá se hace necesario reencantar la mirada.  

Porque solo se cuida lo que se valora, y para ello es necesario valorarlo los guajiros primero. Cuando los grandes medios mencionan La Guajira, suelen hacerlo en clave de estigmatización. Es necesario comenzar por el asombro. Ver solo la miseria nos adormece; ver solo el paisaje nos vuelve turistas de la injusticia. Nombrar ambas realidades es el inicio de la responsabilidad ética.

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Recuerdo dos escenas. Una tarde en las salinas de Manaure: el agua rosa rompe contra costras blancas mientras un niño vende bolsas de hielo para los visitantes y un amanecer en las dunas de Taroa: el viento arrastra la arena y una anciana teje la mochila que pagará el viaje de su nieta al médico en Valledupar. Belleza y carencia coexisten a pocos pasos. Quien ignore la primera será injusto; quien ignore la segunda será ingenuo. Nombrar ambas es el comienzo de un deber.

|En las columnas que vendrán miraré la herida: la salud que se mide en kilómetros, la educación que obliga a migrar, una sociedad que, por múltiples razones, ha preferido muchas veces el vuelo fácil al esfuerzo sostenido de una transformación paciente. No expongo esto para arrojar piedras, sino para pensar caminos. Porque ningún pueblo cambia desde el desprecio, sino desde el reconocimiento de su dignidad. La Guajira no necesita compasión, necesita respeto; no pide privilegios, exige equidad. Cuando un hospital de alta complejidad reciba a una madre wayuu sin que deba recorrer 300 kilómetros, cuando la energía del sol ilumine también los rancheríos que dan sentido al desierto, ese día Colombia comenzará a saldar su deuda consigo misma.

La Guajira no es un paisaje: es un llamado. Cada quien decide si lo escucha o lo silencia. Yo, por lo pronto, escribo —desde la filosofía, sin afán de polarizar— para que esa voz no se pierda en el viento.

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