Edicion marzo 4, 2026

¡¡¡El desierto no se cruza solo!!! La Guajira y el desafío de la unidad

¡¡¡El desierto no se cruza solo!!! La Guajira y el desafío de la unidad
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Columnista - Dinhora Luz Sierra Peñalver
Columnista – Dinhora Luz Sierra Peñalver

Hay regiones que prosperan no sólo por sus recursos o su geografía, sino por la conciencia colectiva que sus gentes logran forjar. El progreso, en su forma más noble, no es la simple suma de riquezas, sino el fruto maduro de la unidad. La Guajira, sin embargo, sigue siendo testigo de una contradicción dolorosa: posee tierras vastas, costas prodigiosas, un pueblo orgulloso y una cultura milenaria, pero se encuentra dividida, fragmentada en disputas estériles que le impiden alzar la cabeza con la dignidad que merece.

En otros rincones del país se comprenden, con mayor o menor dificultad, las virtudes de la cohesión. Se sabe que los desafíos comunes se enfrentan juntos y que, en tiempos de crisis, la solidaridad es un bien indispensable. En la Guajira, en cambio, prevalece la desunión: bandos enfrentados, familias divididas, liderazgos dispersos que, lejos de trabajar por el bien común, perpetúan la fragmentación.

Es cierto que la historia de esta tierra ha sido áspera, como su clima; que el abandono ha sembrado desconfianza, y que los agravios de antaño aún laten en la memoria de sus habitantes. Sin embargo, ningún pueblo puede permitirse vivir anclado en sus heridas si desea avanzar. La Guajira necesita, hoy más que nunca, entender que el porvenir sólo es posible desde la concordia.

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Las divisiones políticas, los rencores familiares y los intereses particulares han erosionado, silenciosamente, las posibilidades de progreso. Mientras tanto, las carencias se agravan, los jóvenes emigran en busca de oportunidades, y los recursos, abundantes, pero mal administrados, se diluyen entre disputas mezquinas.

Y, sin embargo, la Guajira tiene todo para transformarse en símbolo de fortaleza y resiliencia. Posee una riqueza cultural que muchos países envidiarían; su gente, forjada en la dureza del desierto y la inmensidad del mar, es capaz de resistir, de crear, de construir. Pero ninguna de esas virtudes puede florecer en medio de la discordia.

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Es tiempo de dejar atrás la costumbre de la confrontación permanente. Los liderazgos deben elevarse por encima de las pasiones efímeras y comprender que el verdadero poder reside en la capacidad de unir, no de dividir. La sociedad guajira debe mirarse en el espejo de su propia historia y reconocer que el desarrollo sólo es posible si se construye desde la suma de esfuerzos, desde el respeto mutuo y la voluntad común.

Porque al final, ¿qué somos si no aprendemos a cuidarnos los unos a los otros? Ninguna tierra, por rica que sea, se sostiene sola. Ningún pueblo sobrevive dividido. Mientras sigamos mirando al vecino con desconfianza, mientras las peleas pequeñas nos cieguen ante los problemas grandes, la sed, la pobreza y el olvido seguirán caminando entre nosotros, sin que nadie los detenga.

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La Guajira no puede darse el lujo de seguir perdiendo el tiempo en rencillas viejas. Los niños siguen naciendo, los viejos siguen esperando, la tierra sigue reclamando un futuro distinto. ¿Qué historia queremos que nuestros hijos hereden? ¿La de una tierra partida por la ambición y el orgullo, o la de un pueblo que, al fin, entendió que solamente unido puede construir algo digno?

No se trata solo de política. Se trata de aprender a mirarnos a los ojos, de entender que cuando uno cae, caemos todos. Que cuando un niño se acuesta con hambre, no es un problema ajeno; es una herida que nos pertenece a todos.

La pregunta sigue ahí, simple pero incómoda: ¿seguiremos siendo extraños en nuestra propia tierra o, de una vez por todas, seremos el pueblo que supo levantarse, junto, unido, cohesionado, antes de que sea demasiado tarde?

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